Cada vez que voy a visitar la Feria Santa Lucía pienso que hubiera preferido que me tocara otro lugar que me agrade un poco más... Porque no me gusta la ropa que venden ahí, ni las personas que atienden. Pero me asignaron esta feria y tengo que visitarla cada viernes. Cada visita que hago encuentro menos temas de los cuales hablar porque esta feria, a mi parecer, no tiene mucho movimiento, ni mucha historia. Me han contado un poco de esta historia; la feria comenzó como una cantidad de puestos poco ordenados que vendian de manera ambulante, hasta que les cedieron un lugar y se generó este Centro Comercial Santa Lucía. Me dijeron que en un tiempo más se van a realizar nuevamente cambios; los puestos van a ser totalmente individuales, ya no van a tener que cerrarlos todos a la vez con un panel de madera, sino que cada uno va a tener su forma de cerrarse.
Esta vez que fui a esta feria me fijé particularmente en la vestimenta de las personas que allí trabajan, noté que muchas de las mujeres que atienden los locales no usan las ropas que venden, ellas venden ropas anchas, de colores fuertes y telas suaves y agradables al cuerpo, zapatos no hechos a grandes dimensiones, de cueros, bolsos de lanas y de generos, pero estas mujeres usan jeans, zapatos con tacos, carteras de cuero, y en general su vestimenta es muy ceñida al cuerpo y no muy comoda a la vista. Es un punto que me llamó la atención porque no hacen propaganda a los productos que venden.
Nuevamente a la hora en que fui a la feria había muchos estadounidenses (aparentemente). Esta vez eran más mujeres que hombres, al contrario de la vez anterior. Estas personas andaban en grupos de 7 u 8 personas; caminando todos juntos y hablando muy rápido. Caminaban por los pasillos, observaban lo que vendían, tocaban estos artículos y seguían caminado, hasta que en algún puesto se detenian todos juntos y ahí se demoraban mucho en tratar de comprar. Ellos miraban las artesanias en cobre o en lapislazuli, otros miraban las ropas que venden y especialmente las joyas. No entendían muy bien el español, pero aún así trataban de comunicarse con quienes atendian los puestos para poder comprar lo que les gustaba. Intentaban preguntar los precios y no sabian cuanto era lo que les decian, y las mujeres y hombres de la feria les hablaban en un inglés muy básico, hasta que después de un rato de observación noté que se entendian y lograban comprar.

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